sábado, 12 de diciembre de 2015

Tú compañía/ Roque Dalton

Tu compañía/Roque Dalton
(Para ti...)

Cuando anochece y tibia
una forma de paz se me acerca,
es tu recuerdo pan de siembra, hilo místico,
con que mis manos quietas
son previsoras para mi corazón

Diríase: para el ciego lejano
¿qué más dará la espuma, el polvo?

Pero es tu soledad la que puebla mis noches,
quien no me deja solo, a punto de morir.
Somos de tal manera multitud silenciosa...


sábado, 5 de diciembre de 2015

El amor ahuyenta el miedo

“El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma.”   Aldous Huxley (1894-1963) Novelista, ensayista y poeta inglés.

Prologar la vida/ Prólogo al libro Perjura Mujer, de Carmen Saavedra.



Argentina Casanova

La vida está llena de momentos, simples, sencillos, cotidianos, de esos de los que las personas dicen se llenan de hastío y de abrumadora llanez. Es a esos días, a esos instantes a los que Carmen Saavedra hace un poemario. La cotidiana existencia llena de poesía en este libro que ha titulado como Perjura Mujer, una obra que se complementa con otros dos libros y que se reúne como una propuesta fresca y sincera.

Si algo puede ofrecer una o un poeta en estos tiempos es su sinceridad, en la discusión entre el canon y la forma que busca ser premiada, la sinceridad suele ser el elemento valioso de toda obra poética, cada vez más escasa. Todo se escribe en la expectativa de la pretensión de algo, existir para trascender más que para existir.
En eso radica la belleza de este libro que reúne poemas escritos a lo largo de los últimos meses y quizá años de una mujer cuya vida forma parte de la obra poética que aquí se presenta, ¿y es que acaso hay otra forma de vivir la poesía?
Y soy la de los mil rostros
el monstruo, la medusa, la recién nacida,
me duele el miedo en la casa del corazón.

Los hombres en el pantano/ José Revueltas

Los hombres en el pantano

José Revueltas


La cuestión era escuchar algo vivo, y todos esperaban que este anhelado acontecimiento se produjera una vez más, de cualquier modo y como fuese, después de las dos ocasiones, ya tan lejanas al parecer, en que había ocurrido y en que esto los hizo respirar con un alivio cínico, puro y ruin, ahí metidos como estaban, con el agua cenagosa hasta el pecho.
Tres insoportables días de infierno, de silencio enloquecedor, las dos patrullas enemigas una frente de la otra, absolutamente nada más vigilándose, pero con una vigilancia ciega, que no disponía sino tan sólo de los ruidos para orientar el fuego de sus armas en medio del espeso manglar.
La primera ocasión fue cuando el cabo Frank Robles, de Arizona, comenzó a chillar como un estúpido y en seguida una ráfaga de plomo japonés lo hizo callar para siempre. La segunda fue en el otro extremo del pantano --a muy corta distancia y también durante el primer día--, entre los juncos donde estaba el enemigo: alguien que no pudo reprimir un acceso d tos, por lo visto alguien delicado de salud y susceptible a los resfriados, de los que, después de esto, ya no tendría oportunidad de contraer jamás ningún otro. Los dos hombres habían lanzado al morir un alarido espantoso --el de Arizona y el japonés a su turno respectivo--, un alarido que pareció reconfortar, tonificar de igual manera a los dos bandos, en aquella lucha de silencios, de inmovilidad absoluta, que era peor que cualquier otra cosa del mundo.
Se trataba únicamente de oírse, de oírse nada más, y no importaba que el grito representara una baja japonesa o norteamericana, sino que todos supieran, mediante ese grito, mediante esa muerte, que cada uno de ellos no estaba solo ni muerto sobre la superficie de la tierra.